El sagrado árbol del pensamiento

Crónica sobre uno de los más venerados y menos conocidos alucinógenos de América.

 

Rodrigo Bernal

 

Anadenanthera peregrina-met-Puerto López-jul 2005-RB_04 Semillas yopo-Nico

Izquierda, árbol de yopo con las legumbres que contienen las semillas (foto Rodrigo Bernal). Derecha, semillas de yopo (foto Nicolás Nieto).

 

Para Gloria

Cuando los chamanes u’was, del piedemonte de Arauca, querían comunicarse con su dios Sirá, se transportaban a otra dimensión mediante la inhalación del yopo. Este polvo fino, de atractivo color verdoso, se obtiene al secar y macerar las semillas de la planta que le da su nombre, un árbol pequeño, de follaje ralo y menudito, con el aspecto de una acacia. Junto con el tabaco y la coca, el yopo es para los u’was una de las plantas sagradas o “plantas del pensamiento”, las que abren la mente y amplían la conciencia, las que facilitan la comunicación con las fuerzas sobrenaturales. El yopo es un intermediario que permite acceder a lo extrahumano.

Aunque desconocido para la mayoría de la gente, este alucinógeno sagrado ha sido, por más de 4000 años, elemento central en la cultura de más de medio centenar de pueblos indígenas, desde Suramérica hasta las Antillas. En Colombia se ha documentado el uso del yopo en no menos de 17 grupos indígenas, la mayoría de ellos en los Llanos Orientales, que es donde crece el árbol. Además de los u’was, son también pueblos de yopo, entre otros, los achaguas y los sikuanis, los piaroas, los banivas, los piapocos y los puinaves. Incluso usaban el yopo los pijaos del alto Magdalena, al igual que los muiscas del altiplano, quienes probablemente obtenían el alucinógeno mediante comercio con pueblos de las tierras bajas aledañas. Los albores del narcotráfico, dirían algunos. Para inhalar el yopo, los muiscas fabricaban en oro o tumbaga sofisticados platos, algunos de los cuales se conservan hoy en el Museo del Oro, en Bogotá.

Para preparar el yopo se pelan y se trituran las semillas del árbol, que evocan lentejas gigantes, y al polvo resultante se le añade cal, la cual se obtiene de conchas quemadas. La mezcla se humedece y se amasa para formar pequeños rollos, que se dejan secar y se almacenan en elaborados recipientes. Los u’was, por ejemplo, guardaban los suyos en una bella caja fabricada con el pico de un tucán.

 

Plato e inhalador de yopo-Museo del Oro

Bandeja e inhalador de yopo usado por los sikuanis de los Llanos Orientales.  Foto cortesía del Museo del Oro del Banco de la República

 

Cuando se va a consumir el yopo, se pulveriza un rollo sobre un plato de madera, y se aspira por un tubo hecho con huesos de ave. Este tubo inhalador tiene diversas formas entre las diferentes naciones indígenas. El más común tiene forma de Y angosta, con los dos extremos de arriba finamente acabados con semillas ahuecadas, que sirven como piezas nasales. El otro extremo es el que se lleva al plato con yopo. Otros modelos tienen forma de V, y quien va a consumir sopla con fuerza por un extremo el polvo que se ha puesto en el tubo, mientras se aplica el otro extremo a una de las fosas nasales. Los yanomamis de Venezuela usan un tubo de un metro de largo, a través del cual una persona le sopla, desde un extremo, un fuerte chorro de yopo a otra que tiene en su fosa nasal el extremo opuesto del tubo.

La semilla del yopo contiene varios alcaloides, pero el responsable principal de sus efectos es la bufotenina, un compuesto que también se encuentra en las secreciones de algunos sapos y que, al parecer, también es producido en pequeñas cantidades por nuestro propio cerebro. La bufotenina es casi idéntica en su estructura molecular a la serotonina, uno de los más importantes neurotransmisores del cerebro, que inhibe, entre otras cosas, la agresividad.

El yopo produce un estado de éxtasis espiritual que dura alrededor de media hora. Es como si abriese una puerta a una dimensión sobrenatural, con alucinaciones visuales que incluyen danzas de formas y colores, y seres improbables que aparecen y se esfuman. En este estado de comunicación con lo extrahumano, el chamán identifica las enfermedades de los pacientes y recibe instrucciones de los espíritus supremos para su curación. Entre algunos grupos, el yopo se usa también para actividades de adivinación. Pero no solo los chamanes lo consumen: en algunos pueblos indígenas su uso es común entre la población, incluyendo niños y ancianos, y las ceremonias de yopo constituyen a veces impresionantes rituales.

Pero estas ceremonias, y la comunicación que en ellas se establecía con los espíritus, eran consideradas idolatría por los misioneros de la conquista y se castigaban severamente. En 1634, el misionero jesuíta Pedro Guillén de Arce culpó a varios indígenas u’was de invocar al diablo y acusar ante él a los españoles de quitarles sus creencias y prohibirles el uso del yopo. Pero a pesar de las quejas de los indígenas, la lucha de los misioneros por erradicar el uso del alucinógeno no se detuvo. En 1733, en su Historia de las misiones de los llanos del Casanare y los ríos Orinoco y Meta, el padre Juan Rivero daba un parte de victoria sobre el yopo entre los achaguas, que eran entonces la más numerosa y destacada de las naciones indígenas de los Llanos: “hase trabajado con fervorosísimo empeño en derribar este abuso, que está entre nuestros achaguas casi apagado del todo”, –escribió.

Pero a pesar de la larga prohibición del alucinógeno por parte de los misioneros, el árbol de yopo es todavía común en los Llanos Orientales. Fue su abundancia en las orillas del río Cravo Sur la que le dio su nombre a Yopal, la capital del departamento del Casanare. En el departamento del Meta, en cambio, el nombre yopo se le trasfirió a otro árbol diferente, aunque emparentado, cuya leña se considera la ideal para preparar la famosa mamona, delicada carne de ternera asada al fuego, uno de los platos más típicos y apetecidos de la región. De esta manera, en pleno territorio del yopo sagrado, su nombre ya no se asocia a un alimento para el espíritu sino a un suculento trozo de carne.

3 comentarios en “El sagrado árbol del pensamiento

  1. Muy interesante y apropiado reconocimiento a una planta, emblemática del norte de la orinoquia. sin embargo en los pueblos del llano que están más al sur, se le llaman yopo a otra especie, que no tiene nada que ver con las propiedades de (Anadenanthera peregrina), y es la que se usa como leña (Mimosa trianae).

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